"LAS FESTIVIDADES CUBANAS DE LA VIRGEN DE REGLA (YEMAYÁ) Y LA VIRGEN DE LA CARIDAD DEL COBRE (OCHÚN): MI RECUERDO Y VENERACIÓN A NUESTRAS DEIDADES PROTECTORAS EN ESPAÑA"
Por Leonel Capote Hernández.
(A mi hermana Aida Esther Capote, devota de la Caridad desde que era niña en su antiguo colegio de monjas, en Cuba y hoy muy grave de salud. A su presencia en misa, sus enseñanzas religiosas, a su consuelo a los enfermos y permanencia en la iglesia en tiempos difíciles)
Cuando era niño recuerdo salir cada ocho de septiembre del catecismo o la misa consagrada a la patrona de Cuba, la Virgen de la Caridad del Cobre, en la iglesia católica y encontrarme no muy lejos del edificio religioso, con las festividades o bembés, como les llamábamos nosotros los pequeños y que paralelamente le rendían los descendientes de africanos a la misma Virgen. De muchas de aquellas personas, como de los que íbamos entonces a la iglesia católica, conservo muy buenos recuerdos. Se guardaba devoción también el día anterior a la Virgen de Regla. Disfrutaba mucho de todo lo que veía, era curioso para mi escuchar dos nombres distintos para cada una de las Vírgenes y observar formas tan diferentes y alegres de honrarlas. Toda aquella mezcla de bailes, dulces y colores era resultado, como sabemos, de que el culto a ambas deidades, fue uniendo los sabores español y africano como muestra del sincretismo cultural cubano a nivel religioso. Uno de mis antiguos compañeros de clases y con quien preparé mi Primera Comunión, de familia mulata, me aseguraba que la Virgen de Regla recorría a nado toda la bahía habanera por las noches y por ello le sudaba la frente a la misma por la mañana en el santuario. La casa de Charo (santera y una negra buena, sonriente...) era en mi localidad muchas veces, el centro de estas festividades afrocubanas. Charo vivía a escasos metros del antiguo comercio propiedad de mis padres hasta 1968 y allí se escuchaba la música de sus bailes africanos. Hija de Yemayá, iba siempre vestida de añil y blanco con todos sus collares de santo y pulseras, derramando su alegría y saber estar por dondequiera.
Me acuerdo, por otra parte, que a la misa de la Caridad en la iglesia, muchas señoras especialmente ataviadas, iban de amarillo, su forma de honrar a Ochún o a la Caridad, o bien de azul añil y blanco (forma de recordar a Yemayá o a la Virgen de Regla). Todavía era obligatorio el uso del velo para las mujeres dentro de las iglesias cubanas, pero en estas festividades, tanto la indumentaria y lo que las complementaba, evidenciaban las diferencias culturales de unas y otras creyentes, que honraban en cualquier caso a una misma madre: la Virgen, y lo hacían todas, con sus mejores galas y por tanto muy hermosas. Se rendía así culto a la que todos los cubanos en el exilio o en la Isla tantas plegarias dedicamos por muy distintas razones. Ello me recuerda a los tres pescadores que buscaban un milagro que los salvase en medio de una tormenta, me contaban también de niño, cuando la Virgen de la Caridad del Cobre se les apareció, y que están representados en una pequeña embarcación de madera con remos y en un mar revuelto, debajo de la Virgen mulata, símbolo del mestizaje de la cultura cubana....
Coincidiendo hoy con esas festividades religiosas, además de honrar a estas deidades y de traer a la memoria aquellos años y personas, quiero recordar a Lydia Cabrera (La Habana-Cuba,1899 - Miami,1991). De esa escritora me hablaron hace años por su amistad con ella, Carmen e Irene Pelaez del Casal, las hermanas de la pintora de la Vanguardia artística cubana Amelia Pelaez (1897-1968). De aquellas conversaciones sobre cultura cubana en el elegante palacete colonial de la familia Pelaez del Casal, que habitaban por entonces sólo las dos hermanas, en El Cerro, en La Habana, conservo recuerdos imborrables que considero un privilegio, al mismo tiempo que un desfile único de temas, ambientes y personajes de gran relevancia histórica que ellas conocieron y trataron. Las Pelaez tuvieron como tío también al poeta modernista cubano del siglo XIX Julián del Casal (1863 - 1893), y por otra parte, el padre de ellas fue médico del ex-presidente de la República de Cuba Gerardo Machado y Morales (1871 - 1939). Uno de aquellos recuerdos de las hermanas Pelaez vinculados a Lydia - que había estudiado en Francia con Amelia en la década de los años veinte -, evidenciaba el afecto eterno de la escritora por la familia Pelaez y por Cuba, puesto que cada domingo llamaba por teléfono a Carmen e Irene desde Miami y según me comentaban, siempre se interesaba por ellas y les pregunta por muchísimos temas vinculados a su tierra natal, que fueron de interés permanente para Lydia. En una de mis visitas, Lydia las llamó.
Al margen de ello, la relación de Lydia Cabrera con la cultura afrocubana es de todos conocida, puesto que tuvo como niñeras que le cuidaron a tatas africanas, llevadas como esclavas a Cuba en el siglo XIX. De ellas escuchó cuentos y leyendas africanos, además de sus lenguas de origen. Joven Lydia estudió y vivió en Paris varios años (costumbre frecuente entre la alta burguesía cubana de entre siglos), allí comenzó a publicar las narraciones que le hicieron las viejas esclavas en forma de cuentos y que alcanzaron gran éxito entre los intelectuales de la Vanguardia artística y literaria en Europa. De vuelta a Cuba profundiza sus investigaciones sobre los temas afrocubanos, que incentiva su cuñado el ilustre investigador Fernando Ortíz (1881 - 1869), y publica otra serie de libros y diccionarios de lenguas africanas traídas a Cuba. En el exilio, al que parte en 1959, Lydia publica entre otros libros uno dedicado a las deidades que se festejan hoy Yemayá y Ochún... (Ediciones C.R, Nueva York, 1980). En ese texto y de un modo muy ameno y poético, cualidades que hacen entretenidos y sabios los libros de la investigadora, expone todo el origen del culto consagrado a ambas Vírgenes y el nexo de esas creencias de origen católico con las deidades africanas con que los negros esclavos comenzaron a relacionarlas en tierra cubana antes de 1885. Para ello no sólo utiliza las fuentes escritas y materiales que daban fe del origen del culto, sino que también se apoya en las fuentes orales (únicas hasta ese momento para completar estas informaciones) provenientes de los africanos aún vivos entonces y en sus descendientes cubanos. Lydia conservó y llevó sus archivos y recuerdos al exilio y gracias a ello nos ha dejado imágenes, cuentos e historias únicas de la cultura afrocubana y por supuesto de las festividades de la Virgen de Regla y la Virgen de la Caridad del Cobre, deidades de las que comenzó a investigar su culto a partir del origen del mismo con la dominación colonial en Cuba, apoyada en las fuentes orales especialmente.
Recordando estas festividades muy cubanas, hoy tomamos fragmentos que nos las recuerdan y que comenta Lydia Cabrera en su libro, a través de la siguiente escena de la festividad de la Virgen de Regla (Yemayá) en su templo habanero en el siglo XIX: "Si algún foráneo, en ayunas de esta influencia profunda que las creencias religiosas de los africanos importados a Cuba desde los albores de su historia han ejercido tenazmente en el misticismo de nuestro pueblo, se hubiera hecho transportar a Regla [poblado ubicado en la bahía habanera] el ocho de septiembre con ánimo de presenciar una fiesta católica, su asombro no hubiese tenido límites al ver desfilar la nutrida procesión que, danzando al son de los Batá, los tres tambores litúrgicos yoruba, y entonando cantos (oriki) en "lengua lucumí", conducía una imagen de la Virgen desde la casa Cabildo de una santera hasta las puertas de la iglesia, donde era recibida por un sacerdote católico, y de allí a la orilla del mar(1)". Desde luego, la festividad no terminaba ahí según la escritora, porque las ceremonias y ritos ese día se prolongaban para dignificar a la virgen y lograr su protección los creyentes. Entonces, la muchedumbre de la procesión continuaba hasta la orilla del mar con la imagen y las personas se lavaban con el agua de la bahía para purificarse, al mismo tiempo que bebían tres de sus sorbos, que de acuerdo a sus creencias les inmunizaban contra todo género de males ese día. Agregando que era frecuente encontrar a alguna negra anciana con los brazos abiertos, las palmas de las manos vueltas al cielo y repitiendo: "¡Omí o Yemayá! ¡Omí o Yemayá! Fu mi lowó..."(2)
De la festividad de la Virgen de Regla agrega también Lydia Cabrera, otro dato muy curioso: "Ninguna persona de color [ni blanca] consciente y respetuosa de sus tradiciones, ningún creyente en los Orishas -en los "Santos lucumí"- atravesaba la bahía de La Habana sin dejar caer en el agua siete centavos como tributo a la Diosa del mar.(3)". Finalmente la escritora retoma algunas oraciones en lucumí que se rezaban a la virgen reglana y las va presentando para conocimiento del interesado. De todas ellas me parece muy representativo recordar aquí las siguientes para honrar a la virgen con el mayor respeto en esta festividad:
"Yemayá Olokun atara mawá Oyu bedeke o ma won, ba li ko si sere si Iyá Omío. O bien: Yemayá Olokun atara mawá osaya bi, Olokun, Iyamí Yemayá onuó oma kué te ro oké bembo le keló mi fon ma lo mi ma kué kué mi lodo kekere ya mofé ya emí ni ba tioko isilé Oricha fumi Iyá!".
Con respecto a las celebraciones consagradas a la Virgen de la Caridad del Cobre (Ochún), Lydia Cabrera es más prolija en historias. Los nexos de la virgen con su correspondiente deidad africana ofrecen más alternativas para ello, por la amplitud de caminos o avatares que tiene en las leyendas africanas (patakis) y por ser la patrona de Cuba. En la mayoría de las casas cubanas que recuerdo de mi niñez, siempre había una imagen de la Virgen del Cobre y era firme su devoción entre todos los cubanos (a veces la imagen de la deidad aparecía con la propaganda de las antiguas pastillas de Mejoral encima) o se mostraba una figura de la misma en el exterior de las viviendas y negocios. La empresaria Mirtha de Perales la exponía en el exterior de su negocio en La Habana, puesto que al llegar a la capital le ofreció a la Virgen exponerla si tenía éxito en su empresa, como ocurrió en Cuba y en el exilio. Los devotos de la Virgen organizaban también veladas o velorios que le hacían a ambas deidades, donde se repartían frutas y dulces sobre todo para los niños, mientras que los adultos iban a rezarles y pedirles. Hasta canciones les dedicaban a ambas deidades, de ellas recordamos como las más populares el danzón Virgen de Regla que cantaba Barbarito Díez, o la letra de la canción Veneración: "Si te vas al Cobre, quiero que me traigas, una Virgencita de la Caridad" ... Es conocida también la devoción por la Virgen de nuestros mambises y presidentes de la República en Armas y más tarde de la República de Cuba (1902 - 1958), que le guardaron siempre respeto -estos últimos cuando tomaban posesión de su cargo se encomendaban a ella en su santuario -. También se encomendaron a ella numerosas personalidades, de las que sobresale el escritor norteamericano y Premio Nobel de Literatura Ernest Hemingway (1899 - 1961) que le ofreció la medalla del premio literario universal si lo ganaba y allí se la dejó como tributo de ello, cuando lo obtuvo en 1954 gracias especialmente a una novela sobre un pescador cubano El viejo y el mar. Se conoce a su vez, que muchas balas revotaron sobre las medallas de la Virgen que portaban en su pecho nuestros libertadores en el siglo XIX evitándoles la muerte. Al general Antonio de la Caridad Maceo y Grajales (1846 - 1995) en dos ocasiones en la guerra de 1868 - 1878 las balas que pudieron provocarle la muerte fueron desviadas por una medalla que llevaba de la Virgen de la Caridad.
Por otra parte, nos recuerda Lydia datos también muy significativos sobre el origen del culto a la Virgen de la Caridad en su libro y en ese sentido comenta:: "La historia de su aparición ocurrida en la segunda década del siglo XVII , fue escrita en el 1703 por su capellán Don Onofre de Fonseca, documentándose en los datos que se conservaban en el archivo del santuario. El Presbítero Don Bernardino Ramón Ramírez confeccionaría un comentario de este manuscrito que publicó en 1828 Don Alejandro de la Paz y Ascanio. Creo que todos los cubanos conocen la historia de la Virgen del Cobre, que a petición de Obispos y Veteranos de la guerra de Independencia, declaró Benedicto XV Patrona de Cuba, el 10 de mayo de 1916. Dos indios, Juan de Joyos, Juan Moreno, y Rodrigo, un negrito criollo [representación de las dos razas oprimidas en Cuba por aquel entonces], habían ido a pie a buscar sal a la bahía de Nipe. embarcados allí en una canoa, vieron en horas del alba una forma que blanqueaba a lo lejos en la mar. Remaron hacía lo que en lontananza les pareció un bulto, y se encontraron con la imagen tallada en madera, de la Santísima Virgen María, que flotaba, incólume sobre una tabla. Nuestra Señora llevaba en el brazo izquierdo al niño Jesús, y una cruz de oro en su mano derecha. Yo soy la Virgen de la Caridad, rezaba en la tabla una inscripción con grandes letras, que leyó el indio Juan de Joyos."(4)
Por otra parte, nos recuerda Lydia datos también muy significativos sobre el origen del culto a la Virgen de la Caridad en su libro y en ese sentido comenta:: "La historia de su aparición ocurrida en la segunda década del siglo XVII , fue escrita en el 1703 por su capellán Don Onofre de Fonseca, documentándose en los datos que se conservaban en el archivo del santuario. El Presbítero Don Bernardino Ramón Ramírez confeccionaría un comentario de este manuscrito que publicó en 1828 Don Alejandro de la Paz y Ascanio. Creo que todos los cubanos conocen la historia de la Virgen del Cobre, que a petición de Obispos y Veteranos de la guerra de Independencia, declaró Benedicto XV Patrona de Cuba, el 10 de mayo de 1916. Dos indios, Juan de Joyos, Juan Moreno, y Rodrigo, un negrito criollo [representación de las dos razas oprimidas en Cuba por aquel entonces], habían ido a pie a buscar sal a la bahía de Nipe. embarcados allí en una canoa, vieron en horas del alba una forma que blanqueaba a lo lejos en la mar. Remaron hacía lo que en lontananza les pareció un bulto, y se encontraron con la imagen tallada en madera, de la Santísima Virgen María, que flotaba, incólume sobre una tabla. Nuestra Señora llevaba en el brazo izquierdo al niño Jesús, y una cruz de oro en su mano derecha. Yo soy la Virgen de la Caridad, rezaba en la tabla una inscripción con grandes letras, que leyó el indio Juan de Joyos."(4)
Agrega además la escritora en su libro elementos peculiares de las festividades consagradas a ambas Vírgenes en la época colonial y de sus diferencias regionales: "Mientras en La Habana se celebraba la fiesta de Nuestra Señora de Regla, el mismo ocho de septiembre, los santiagueros celebraban la de Nuestra Señora del Cobre. Allí también duraban ocho días, y algunos años se prolongaba hasta el mes de octubre (5)".
De los festejos consagrados en el siglo XIX a la Virgen de la Caridad en su santuario oriental, Cabrera recoge lo que contaba un viajero francés por aquellos tiempos: "[...] la fiesta del Cobre: comienza con una solemne procesión que aguarda la multitud aglomerada en la ermita y sus alrededores. En ella desfilan señores santiagueros vestidos con levita negra y pantalones blancos y llevan con unción cirios encendidos. Pirón, que contempla desde lo alto la escena, escribe refiriéndose a la muchedumbre que al paso de Nuestra Señora se pone de rodillas: "los trajes, en los que predomina el blanco forman un tapiz salpicado de flores; todas las cabezas inclinadas ofrecen el espectáculo de una piedad conmovedora y solemne. Los más insensibles se emocionan. La música militar hace oír aires tristes que contribuyen a que la emoción sea general. Descienden la montaña con la Virgen, la pasean por la ciudad en medio de la multitud devotamente puesta de hinojos y regresan al santuario. Las fiestas duran quince días en un exceso de alegría y locura. Los días comienzan con paseos a caballo, continúan con largos almuerzos y numerosas libaciones, juegos, y terminan con bailes y todo género de diversiones. De noche la ciudad adquiere un aspecto mágico. En las calles principales se alinean mesas alumbradas por velas bajo fanales o fijadas por la cera a las mismas mesas. Se venden golosinas calientes y refrescos. Detrás de estos mostradores llenos de tentaciones, los españoles fríen en grandes sartenes, buñuelos, empanadillas, escabeches, etc., y los criollos chicharrones y pastelillos que se venden con éxito. [...] Un cuadro digno del pincel de Rembrandt. Los bailes envían a lo lejos el incentivo encantador de sus músicas. Los hay en todas partes, bailes de blancos, bailes de mulatos, bailes de negros. (6)"
En cuanto a las filiaciones políticas de la Virgen resultan curiosas para Lydia y para nosostros sus creyentes. Ya señalamos anteriormente algunas historias relacionadas con ello (algunas no recogidas en el libro de Lydia) y otras que de momento y aunque no aparecen en el libro de Cabrera, sería curioso investigar con mayor detenimiento. Dice la escritora de esas filiaciones en el siglo XIX: "Hasta ayer, la Caridad del Cobre, que secretamente se declaró anexionista en 1868, e insurrecta en 1895, continuó obrando milagros, y sus favorecidos en toda la Isla, siguieron visitando su santuario para implorar su ayuda, o en acción de gracias para cumplirle la promesa tradicional de subir de rodillas la escalinata del templo .(7)"
Provocan a veces muchos sentimientos encontrados las historias vinculadas a la devoción a la Virgen de la Caridad entre los santiagueros y orientales cubanos en general. A mi me hizo gracia una de las que recoge Lydia y que aquí retomo. Cuentan que la Virgen ha protegido tradicionalmente a la región oriental de Cuba del efecto de los terremotos y temblores de tierra frecuentes allí. Pero, el 20 y 21 de agosto de 1852, la tierra tembló de tal forma en Santiago de Cuba (próxima al Cobre) que aquello provocó mucho terror en la población. A tenor de ello, en una de las anécdotas en que se mezcla lo trágico y lo cómico del terremoto, se cuenta un hecho vinculado a una negra llamada Dolores (población mayoritaria en Santiago en aquel entonces) de la que se dice que al no encontrar imágenes de la Virgen a mano para encomendarse a ella, hizo lo siguiente:
"Marchaban devotamente los negros en una de aquellas procesiones rezando en coro las letanías de la Virgen. Todos llevaban colgados del cuello cuadros con pinturas o estampas de Santos. La negra Dolores se destacaba portando un busto de yeso muy blanco que oprimía con fervor contra su pecho. Otra negra, que no reconoció aquel Santo, se le acercó curiosa y le preguntó qué santo era. Dolores le respondió siguiendo la letanía: - Ora pro nobis. no lo sé. Ora pro nobis. Sea quien sea, ¡Ora pro nobis!
La negra, en la confusión y el miedo, no halló a mano ninguna imagen religiosa y se apoderó de aquel busto que fue lo primero que encontró.
Era ...el de Napoleón Bonaparte.
Lo que dio pie a un francés de los muchos que había en Santiago, testigo del incidente, para decirle a la negra: - ¡Tienes razón; también él hizo temblar la tierra!.
En ningún lugar se sintió el terremoto aquel con mayor intensidad que en el Cobre [comenta Cabrera]. Allí, con la Virgen de los Dolores, la Virgen de la Caridad hizo el milagro de salvar a cuantos estaban trabajando en las minas debajo de su santuario. En la de San José, los mineros quedaron sepultados entre los escombros en la galería subterránea, respirando azufre, ¡y todos, por su intersección, salieron ilesos! (8)" .
La escritora observa en otras partes del libro las diferencias de carácter entre ambas deidades en sus avatares o caminos africanos (patakis). Y realmente nos cuenta historias de mucha gracia e interés sobre ambas. Yemayá, como se sabe, suele ser una diosa más seria y responsable, a diferencia de Ochún que es gastadora, salamera y poco seria. Ello se refleja también en las personalidades de las hijas de ambas diosas, también con caracteres diferentes. De Ochún, nos indica Lydia Cabrera lo que le decían sus informantes africanos: "De corazón sensible, Ochún, se apiada fácilmente del que le ruega, y lo mismo asiste a su misericordia al que le implora en el río al aire libre, que en altar bajo techo... Es el más acogedor de los Orichas. "Muy compasiva"; pero la similación de Ochún con la Virgen María, inocente y sin pecado, inmaculada, santa de alma y cuerpo, que floreció como un lirio entre espinas, desconcertará a cuantos oigan decir que "Ochún, la Virgen de la Caridad, es coqueta, enamoradísima y correntona...(9)".
Como puede apreciarse, el libro de Cabrera guarda muchísimas informaciones curiosas, entretenidas y muy útiles para cualquier interesado en el estudio de la cultura cubana. Los elementos aquí comentados son sólo una parte muy pequeña de todo ello. La obra de Lydia Cabrera no se limitó únicamente en Cuba a la investigación y escritura sobre temas afrocubanos, con su dinero sufragó la recuperación de edificios coloniales de valor singular para el patrimonio cultural cubano (cuando estaban algunos de ellos a punto de destruirse). Su casa en la Quinta San José, cercana a La Habana, fue un elemento de cardinal importancia para entender la arquitectura colonial cubana, sugiriéndose la visita a la casa a aquellos interesados en el estudio de la arquitectura tradicional cubana, en muchas publicaciones anteriores a 1959. El escritor José Lezama Lima (1910 - 1976) le dedicó una artículo en su libro Tratados en La Habana (1958), del mismo modo que la escritora María Zambrano (1904 - 1991) habló sobre ella y su casa en la revista Bohemia. Gracias a Lydia también, hemos podido honrar hoy a las Vírgenes protectoras de la nación cubana en su festividad. Apoyándonos para ello en uno de sus libros que sugiero leer con más detenimiento. No nos queda más que pedirles todo lo mejor a ambas deidades en este su día y yo personalmente elevo al cielo una oración en lucumí tomada de las que recopiló Lydia Cabrera, pidiéndole con todo respeto y devoción lo mejor a nuestra patrona la Santísima Caridad del Cobre (Ochún, Cachita) antes de terminar estas notas:
"Ochún yeyé mi ogo mi gbogbo ibu laiye nibo gbogbo omorisha lowé mo to si gbá ma abukón ni. Omi didume nitosi oni Alafia atiyó obinrin eleré aché wawo atiré maru achó gelé nitosi yo Ayaba ewá ko eleri riré atiyó. Betonichó nitosi komo nigbati wa ibilu obinrin ikú oko Olofi odukué (10)"
Citas y notas:
- (1) Cabrera, Lydia, Yemayá y Ochún..., Ediciones C.R, Nueva York, 1980 (Prólogo de Rosario Hiriart), p. 17.
- (2) ____________, p. 17
- (3) ____________, p. 18
- (4) ____________, p. 56
- (5) ____________, p. 57
- (6) ____________, p. 58 - 59
- (7) ____________, p. 65
- (8) ____________, p. 66 - 67
- (9) ____________, p. 69
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