martes, 11 de octubre de 2011

Una Rusia diferente

Catedral de San Basilio. Plaza Roja. Moscú   
(Foto realizada por Dolores Bermúdez)

   Hace unos días visité Rusia. Confieso que me ha sorprendido ver personalmente sus actuales contrastes. Sin lugar a dudas, resulta un país de una extraordinaria belleza y llama la atención apreciar la piedad religiosa que manifiestan muchas personas. El país trata de recuperar porciones de su pasado roto y se empeña en olvidar momentos tristes de su historia. Pero se hace evidente un desencuentro entre diversos intereses de la ciudadanía y las esferas del poder. Junto a las críticas al pasado régimen soviético, aparecen nostálgicos de ese momento histórico, al mismo tiempo que la mayoría de los rusos no lograr alcanzar el nivel de vida de una buena parte de sus vecinos europeos. Se reconstruyen edificios borrados de la zona del Kremlim (iglesia de Nuestra Señora de Kazán) y apenas alguna persona visita el  cuerpo embalsamado de Lenin. Los ciudadanos se expresan libremente sobre numerosos aspectos de todo orden y, al mismo tiempo, la actitud de las fuerzas del orden hacia las minorías asiáticas que formaron parte de la antigua Unión Soviética, no resulta la más adecuada en algunos momentos. Es un país en el que se hace difícil encontrar hoy en día personas que hablen inglés; pero los rusos evidencian una nueva alegría de vivir, que irrumpe por los nuevos jardines aledaños a la muralla del Kremlim, buscan la música, la bebida, el solaz...¿tratan acaso de recuperar el tiempo perdido?
   Moscú, en extremo calurosa este verano, resulta una ciudad caótica, con distancias enormes entre un punto y otro de interés, con un tráfico mal calculado. Pero compensa de todos estos sinsabores su centro histórico, aunque, al mismo tiempo, resultan ampulosos urbanísticamnete los antiguos rascacielos de Stalin en diversas zonas de la ciudad, en contraste con algunas estaciones del Metro, que poseen un ambiente visual particular en algunas de sus estaciones, inexistente en otras ciudades del mundo. El efecto visual de la catedral ortodoxa de San Basilio, en el exterior del Kremlim, le presta al lugar una extraordinaria alegría con su llamativo contraste de formas y colores, cercanos -por sus cúpulas bulbosas de reminiscencia bizantina- a un universo imaginario, ya que no en balde fueron hechas para no ser repetidas. En el interior del recinto del Kremlim, resulta estimulante contrastar la historia del lugar, con la belleza sobria del centro del poder en Rusia durante varios momentos. Moscú, a diferencia de San Petersbutgo, es  una urbe más administrativa que literaria, carece del sabor cosmopolita que quiso concederle Pedro el Grande a la ciudad Báltica y no posee el sentido escenográfico de la última ciudad de los zares.
Hermitage (antiguo Palacio de Invierno). San Petersburgo
(Foto realizada por Dolores Bermúdez)

   San Petersburgo, construida con mezcla de estilos y elegante, también escapa a veces a la altura del hombre. Está diseñada para impresionar, para dar una imagen mucho más moderna de Rusia y acercarla a Europa, objetivo que sin lugar a dudas se logra. Al contemplar sus palacios se piensa de inmediato en las novelas de Tolstoy y de Dostoyevsky, en la nobleza rusa obligada a vivir allí en la época de Pedro el Grande, en los contrastes sociales que no desaparecieron nunca. La ciudad en sí misma resulta un espectáculo escenográfico, con sus canales, palacios, plazas y museos. El otrora Palacio de Invierno y las demás residencias palaciales que rodean la ciudad, pertenecientes a los zares, también contribuyen  a ofrecer una imagen diferente de San Petersburgo frente a Moscú, elemento que la hace mucho más aristocrática y la convierte en una de las urbes más elegantes de Europa. 
   Dos capitales en la historia de Rusia con sabor diferente, como distinta trata de ser la Rusia que comenzó a redescubrirse y analizarse tras la Perestroika de Mijail Gorbachov. Resulta un país que se contempla en el espejo y encuentra la música de la película Doctor Zhivago que acompaña su nostalgia. La mayoría de los rusos parecen sentimentales, ensimismados, herméticos... Rusia deviene un fiel reflejo de su carácter, de su gran fuerza espiritual que le ha permitido a su pueblo hacerse resistente en medio de tantos experimentos sociales. Ojalá que los rusos puedan recuperar todas las esferas propias de una sociedad moderna y que puedan disfrutar de todas las cosas hermosas que merecen y que la historia con frecuencia les ha negado. ¿Serían sus soluciones integrarse en Europa desde otras aristas, aprovechar la experiencia alemana, construir una sociedad que aproveche lo mejor de su historia y asumir una visión distinta del poder, concebido para representar y servir...? Son solo algunos de los retos que les quedan todavía a los rusos por resolver, en medio de todas sus nostalgias.

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