miércoles, 12 de octubre de 2011

Paul Auster en Sunset Park

   Un protagonista joven, individualista, en búsqueda del reencuentro consigo mismo, es el tema recurrente de la última novela de Paul Auster (Nueva Jersey, 1947) publicada en España y que lleva por título Sunset Park (2010). El texto narrativo posee muchos elementos que lo relacionan con otras obras del novelista como El palacio de la luna (1990) Brooklyn Follies (2006) o Invisible (2009), a saber:  los ambientes intelectuales nortemericanos, los protagonistas masculinos jóvenes en conexión con ese mundo intelectual, espacios inmersos en las grandes urbes de los Estados Unidos de América, historias concatenadas con otras historias y la búsqueda de un elemento que permite a sus protagonistas la reconquista de un mundo espiritual perdido en el marasmo de la sociedad contemporánea occidental y, por extensión, en la norteamericana. Sin embargo, a diferencia de otros héroes de varias novelas estadounidenses, los personajes de Auster tienen la posibilidad de reinventarse y de sobrevivir, aspecto a tener en cuenta para entender a este novelista como un crítico de la sociedad actual, pero, al mismo tiempo, como un autor que busca soluciones para que sus personajes contemporáneos -seres humanos al fin y al cabo-, puedan salvarse por encima de cualquier circunstancia, como también lo hizo anteriormente el escritor ruso Fiodor M. Dostoyevski (1821-1881) en el siglo XIX, demostrando que no es necesaria la inmolación del héroe para señalar problemas sociales y existenciales en una sociedad y para proponer soluciones, también individuales, a problemas colectivos sin necesidad de matar héroes o hacer que se suiciden. A los héroes también es necesario -como en la vida real- ofrecerles alternativas y soluciones que resulten convincentes y, por tanto, también edificantes para los lectores. Algo que deviene más en consonancia con sociedades que han cambiado mucho, como demuestran las últimas revoluciones que han tenido y tienen lugar en los países del norte de África y del mundo árabe. Al fin y al cabo, esos ciudadanos de otras partes del mundo son héroes que buscan también nuevas soluciones para disfrutar de ese regalo único que constituye la vida y la libertad, del que mucha gente no dispone, por distintas razones, en los más disimiles espacios geográficos. No en balde el propio autor de la obra reconoce a través de su protagonista y a partir de acontecimientos suscitados con escritores perseguidos que "[...] al hacerse mayor fue comprendiendo cada vez más la fuerza de las palabras, la amenaza del poder que las palabras pueden representar, y por eso se encuentra en peligro todo escritor que se atreva a expresarse libremente en Estados regidos por dictadores y policías." (1)
   Sin embargo, Miles Heller, que es el personaje que nos ocupa de la novela Sunset Park,  tropieza incidentalmente con el problema de los desahucios que, con la crisis actual, ha llevado a la calle a muchas personas que no han podido hacer frente a sus hipotecas en varios países occidentales -empezando por los Estados Unidos de América-. Pero Miles, como un naúfrago de sus propias contingencias, se enfrenta a los problemas de esos desahuciados desde el terreno de  la partida y por medio de las fotografías que realiza en contacto con los espacios vacíos y objetos  que quedan abandonados en esas casas embargadas a gente que no pudo pagarlas. Miles, en cierto modo, se ha exiliado de su existencia anterior hasta llegar después de un accidentado recorrido a Miami, lugar en el que se hace novio de una chica -Pilar Sánchez- perteneciente a una familia de exiliados cubanos -y exiliada ella misma- y, al mismo tiempo, entra en contacto con el espacio y los objetos de personas que también lo han perdido todo: los desahuciados. Por tanto, la novela trata de pérdidas, de renuncias y de alusiones a otras realidades, como la de seres humanos que pierden sus propiedades. En cierto modo, todos resultan desahuciados y perdedores, incluidos los padres de Miles y la familia de Pilar Sánchez.
    Pero el mundo de Miles no se detiene solo en eso; por casualidad, la relación con su novia tiene también inconvenientes, pues debe esperar a que alcance la mayoría de edad para que su relación se normalice y, debido a ello, tiene que alejarse de la Florida -por requerimiento de los familiares de Pilar- a las inmediaciones de Nueva York (Sunset Park) para vivir entre gente que  carece de vivienda y ocupa una propiedad ajena y abandonada para tener un techo que no puede pagarse. Allí Miles encuentra el punto de unión que logrará vincular su pasado y su presente, al mismo tiempo que presenta la situación económica en declive de la actual clase media norteamericana, pues, entre otros personajes, en Sunset Park vive también una profesora universitaria que no puede pagarse un techo.
    De Miles resulta importante señalar uno de los elementos que lo salvan en medio de su desesperación y huida del seno familiar donde llegó a sentirse ajeno al inicio de la novela: "Paga poco de alquiler, porque vive en un apartamento pequeño, en un barrio humilde, y aparte de gastar dinero en necesidades básicas, el único lujo que se permite es comprar libros, volúmenes de bolsillo, narrativa en su mayor parte, novelas norteamericanas, británicas, traducidas de lenguas extranjeras, pero en el fondo los libros no son lujos sino necesidades, y la lectura es una adicción de la que no desea curarse."(2) Por tanto, estamos ante un personaje que lee, que no deja de ser un antiguo estudiante universitario que no terminó su carrera, elemento que sirve de pretexto al autor de la novela para que proponga la literatura como una necesidad -y por tanto un consuelo-, lo que hace con el grueso de su obra, al convertir sus novelas y personajes en una tabla de salvación para que la gente pueda asirse por medio de la ilusión. No en balde la idea se completa con una frase del propio Miles dedicada a su hermanastro: "No te hagas mala sangre por nada, le dijo, la vida está llena de giros inesperados [...]" (3)
    Sin embargo, la ananké o destino trágico de Miles lo persigue hasta el final de la obra, pues sigue siendo -por ironías del destino y de su personalidad- un ser humano obligado a huir, a escapar para no ser juzgado por los tribunales, tras haberse enfrentado a la policía cuando esta intentaba desalojar a sus amigos que ocupaban ilegalmente Sunset Park con consecuencias trágicas para ambas partes. Su frase final representa al cierre de la novela la situación que afecta a muchos norteamericanos y occidentales; pero, a pesar de las apariencias, no carece de aliento y en su huida se pregunta "[...] si vale la pena tener esperanza en el porvenir cuando no hay futuro, y de ahora en adelante, dice para sí, dejará de tener esperanza en nada y vivirá exclusivamente para hoy mismo, para este momento, este instante fugaz, el ahora que está aquí y ya no está, el momento que se ha ido para siempre." (4)
    Final desgarrador, junto a acicates para un mundo caótico en el que vivir con dignidad acarrea también riesgos, como le ha sucedido  a Miles, que queda inmerso en un final abierto y triste como resultan los momentos actuales, pero dejando una puerta abierta en la escapada, sin que Miles se percate por el momento de ello. No resulta baladí que uno de los personajes de la novela afirme que “Esa es la idea con la que está jugando, […], escribir un ensayo sobre las cosas que nos ocurren, las vidas que no se han vivido, las guerras que no se han librado, los mundos en la sombra que corren paralelos al mundo que tomamos por real, lo que no se ha dicho y no se ha hecho, lo que no se recuerda. Peligroso territorio, quizá, pero valdría la pena explotarlo.” (5)  
                          Leonel Capote Hernández
    
Citas y notas:
(1) Auster, Paul, Sunset Park, Editorial Anagrama S. A., Barcelona, 2010, p. 1
(2) op. cit., p.13 
(3) op. cit, p. 23
(4) op. cit., p. 278
         (5) op. cit., p. 143

martes, 11 de octubre de 2011

Una Rusia diferente

Catedral de San Basilio. Plaza Roja. Moscú   
(Foto realizada por Dolores Bermúdez)

   Hace unos días visité Rusia. Confieso que me ha sorprendido ver personalmente sus actuales contrastes. Sin lugar a dudas, resulta un país de una extraordinaria belleza y llama la atención apreciar la piedad religiosa que manifiestan muchas personas. El país trata de recuperar porciones de su pasado roto y se empeña en olvidar momentos tristes de su historia. Pero se hace evidente un desencuentro entre diversos intereses de la ciudadanía y las esferas del poder. Junto a las críticas al pasado régimen soviético, aparecen nostálgicos de ese momento histórico, al mismo tiempo que la mayoría de los rusos no lograr alcanzar el nivel de vida de una buena parte de sus vecinos europeos. Se reconstruyen edificios borrados de la zona del Kremlim (iglesia de Nuestra Señora de Kazán) y apenas alguna persona visita el  cuerpo embalsamado de Lenin. Los ciudadanos se expresan libremente sobre numerosos aspectos de todo orden y, al mismo tiempo, la actitud de las fuerzas del orden hacia las minorías asiáticas que formaron parte de la antigua Unión Soviética, no resulta la más adecuada en algunos momentos. Es un país en el que se hace difícil encontrar hoy en día personas que hablen inglés; pero los rusos evidencian una nueva alegría de vivir, que irrumpe por los nuevos jardines aledaños a la muralla del Kremlim, buscan la música, la bebida, el solaz...¿tratan acaso de recuperar el tiempo perdido?
   Moscú, en extremo calurosa este verano, resulta una ciudad caótica, con distancias enormes entre un punto y otro de interés, con un tráfico mal calculado. Pero compensa de todos estos sinsabores su centro histórico, aunque, al mismo tiempo, resultan ampulosos urbanísticamnete los antiguos rascacielos de Stalin en diversas zonas de la ciudad, en contraste con algunas estaciones del Metro, que poseen un ambiente visual particular en algunas de sus estaciones, inexistente en otras ciudades del mundo. El efecto visual de la catedral ortodoxa de San Basilio, en el exterior del Kremlim, le presta al lugar una extraordinaria alegría con su llamativo contraste de formas y colores, cercanos -por sus cúpulas bulbosas de reminiscencia bizantina- a un universo imaginario, ya que no en balde fueron hechas para no ser repetidas. En el interior del recinto del Kremlim, resulta estimulante contrastar la historia del lugar, con la belleza sobria del centro del poder en Rusia durante varios momentos. Moscú, a diferencia de San Petersbutgo, es  una urbe más administrativa que literaria, carece del sabor cosmopolita que quiso concederle Pedro el Grande a la ciudad Báltica y no posee el sentido escenográfico de la última ciudad de los zares.
Hermitage (antiguo Palacio de Invierno). San Petersburgo
(Foto realizada por Dolores Bermúdez)

   San Petersburgo, construida con mezcla de estilos y elegante, también escapa a veces a la altura del hombre. Está diseñada para impresionar, para dar una imagen mucho más moderna de Rusia y acercarla a Europa, objetivo que sin lugar a dudas se logra. Al contemplar sus palacios se piensa de inmediato en las novelas de Tolstoy y de Dostoyevsky, en la nobleza rusa obligada a vivir allí en la época de Pedro el Grande, en los contrastes sociales que no desaparecieron nunca. La ciudad en sí misma resulta un espectáculo escenográfico, con sus canales, palacios, plazas y museos. El otrora Palacio de Invierno y las demás residencias palaciales que rodean la ciudad, pertenecientes a los zares, también contribuyen  a ofrecer una imagen diferente de San Petersburgo frente a Moscú, elemento que la hace mucho más aristocrática y la convierte en una de las urbes más elegantes de Europa. 
   Dos capitales en la historia de Rusia con sabor diferente, como distinta trata de ser la Rusia que comenzó a redescubrirse y analizarse tras la Perestroika de Mijail Gorbachov. Resulta un país que se contempla en el espejo y encuentra la música de la película Doctor Zhivago que acompaña su nostalgia. La mayoría de los rusos parecen sentimentales, ensimismados, herméticos... Rusia deviene un fiel reflejo de su carácter, de su gran fuerza espiritual que le ha permitido a su pueblo hacerse resistente en medio de tantos experimentos sociales. Ojalá que los rusos puedan recuperar todas las esferas propias de una sociedad moderna y que puedan disfrutar de todas las cosas hermosas que merecen y que la historia con frecuencia les ha negado. ¿Serían sus soluciones integrarse en Europa desde otras aristas, aprovechar la experiencia alemana, construir una sociedad que aproveche lo mejor de su historia y asumir una visión distinta del poder, concebido para representar y servir...? Son solo algunos de los retos que les quedan todavía a los rusos por resolver, en medio de todas sus nostalgias.